Dante Emilio Borelli

¡Bienvenidos a mi espacio literario! Soy Dante Emilio Borelli, escritor y docente. A lo largo de los años, he compartido muchos poemas, historias y reflexiones en varios libros y antologías. Este blog es un punto de encuentro para aquellos que disfrutan de la palabra escrita y buscan descubrir nuevas historias, reflexiones y experiencias.

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Esa ráfaga, el tango, esa diablura”: Hernán Salinas, ese otro quitilipense. Por Dante Emilio Borelli

 

“Esa ráfaga, el tango, esa diablura”: Hernán Salinas, ese otro quitilipense.

Por Dante Emilio Borelli Escritor

LA AGENDA DE PEDRO
Por 

Por Dante Emilio Borelli
Escritor

 

¿Dónde estarán?, pregunta la elegía/ de quienes ya no son, como si hubiera/ una región en que el Ayer, pudiera/ ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.

El otoño llegó, arrastrando esas cosas que tañen inciertas en el alma.

Mientras leo al poema “El tango”, de Jorge Luis Borges, recuerdo a Hernán Salinas; ese talentoso cantante de tango, originario de Quitilipi, Chaco.

¿Dónde estará?, (repito) el malevaje/ que fundó en polvorientos callejones/ de tierra o en perdidas poblaciones/ la secta del cuchillo y del coraje?

Su nombre real era Jorge Hernán Aguirre (30 noviembre 1956 - 21 noviembre 2003)

Su trayectoria está marcada por hitos significativos, entre los cuales destaca su apreciable participación en la Orquesta del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, una institución emblemática dirigida por los maestros Carlos García y Raúl Garelo. No solo formó parte de esta orquesta, sino que también fue uno de sus fundadores en el año 1980, contribuyendo así a la preservación y difusión del tango en la capital argentina.

¿Dónde estarán aquellos que pasaron, / dejando a la epopeya un episodio, / una fábula al tiempo, y que sin odio, / lucro o pasión de amor se acuchillaron?

 Los busco en su leyenda, en la postrera/ brasa que, a modo de una vaga rosa,/ guarda algo de esa chusma valerosa/ de Los Corrales y de Balvanera.

 ¿Qué oscuros callejones o qué yermo/ del otro mundo habitará la dura/ sombra de aquel que era una sombra oscura,/ Muraña, ese cuchillo de Palermo?

 ¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos/ se apiaden) que en un puente de la vía,/ mató a su hermano, el Ñato, que debía/ más muertes que él, y así igualó los tantos?

 Pero la influencia de Hernán Salinas, no se limitó al ámbito nacional; la voz ha resonado en todo el mundo a través de diversas producciones discográficas y actuaciones internacionales. Desde locales tangueros en Buenos Aires, hasta escenarios en Estados Unidos, Japón, Colombia, Brasil, México y España. Salinas ha llevado el espíritu del tango a audiencias de todas las latitudes.

Una mitología de puñales/ lentamente se anula en el olvido;/ Una canción de gesta se ha perdido/ entre sórdidas noticias policiales.

 Hay otra brasa, otra candente rosa/ de la ceniza que los guarda enteros;/ ahí están los soberbios cuchilleros/ y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,/ el tiempo, los perdieron en el fango,/ hoy, más allá del tiempo y de la aciaga/ muerte, esos muertos viven en el tango.

 Con una voz de barítono distintivamente definida y una sensibilidad que evoca la época dorada de Carlos Gardel, Hernán Salinas se destacó como uno de los pilares fundamentales del tango. Su estilo vocal único y su capacidad para transmitir emociones lo sitúan junto a figuras legendarias como Rubén Juárez y Hugo Marcel, formando así una trilogía vocal que ha dejado una marca indeleble en la historia del género después de 1960.

En la música están, en el cordaje/ de la terca guitarra trabajosa,/ que trama en la milonga venturosa/ la fiesta y la inocencia del coraje.

Además, su participación en grabaciones para reconocidos artistas como Horacio Ferrer, Mauricio Marcelli, Saúl Cosentino, Armando Pontier y Carlos García, lo ha consolidado como una figura imprescindible en la escena musical del tango, dejando su huella en innumerables producciones discográficas.

Gira en el hueco la amarilla rueda/ de caballos y leones, y oigo el eco/ de esos tangos de Arolas y de Greco/ que yo he visto bailar en la vereda,

 en un instante que hoy emerge aislado, / sin antes ni después, contra el olvido, / y que tiene el sabor de lo perdido, / de lo perdido y lo recuperado.

 Su renombre trascendió fronteras, siendo convocado en 1987 para una gira europea de la operita "María de Buenos Aires", una obra maestra de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. Años después, llevó su arte a tierras noruegas, donde cautivó al público con su emotiva interpretación.

En los acordes hay antiguas cosas: / el otro patio y la entrevista parra. / (Detrás de las paredes recelosas/ el Sur guarda un puñal y una guitarra.)

 Con cada nota, Hernán Salinas nos recuerda la universalidad del tango y su capacidad para emocionar y trascender barreras culturales. Su legado perdurará como testimonio del poder y la belleza de esta expresión artística única, que sigue conquistando corazones en cada rincón del mundo.

Esa ráfaga, el tango, esa diablura, / los atareados años desafía; / hecho de polvo y tiempo, el hombre dura/ menos que la liviana melodía,

 que solo es tiempo. El Tango crea un turbio/ pasado irreal que de algún modo es cierto,/ el recuerdo imposible de haber muerto/ peleando, en una esquina del suburbio.

Mientras escribo, escucho “Anoche”, con La Orquesta del Tango de Buenos Aires y la voz de Hernán Salinas.

No sé qué química fluye por las arterias, qué laberinto conecta el oído, el cerebro y la piel. No puedo evitar que se ericen todos los vellos de mi cuerpo y una especie de calor recorra mi columna vertebral. Quizás la música y la voz muevan fibras ancestrales.

Mi esposa se detiene a mi lado, apoya su mano en mi hombro y me dice que cada vez que escucha algún tango conocido, lo recuerda, a través de la voz de su abuela.

La música, la voz, la poesía y el tiempo, tienen esas cosas.

 

Fuente de datos biográficos: “Todo Tango”, nota de Abel Palermo.

El tango de Hernán Salinas

LOS QUITILIPIS

 


“LOS QUITILIPIS” - Entre búhos y cielos de nostalgia.

Por Dante Emilio BORELLI 


La singular literatura de Carlota Marval

Hay libros que llegan a nuestras manos y no sabemos cómo. De pronto están en nuestra biblioteca, en nuestra mesa de luz; están ahí, sin saber exactamente cómo llegaron. Pero en algún momento, como por arte de magia, sentimos la necesidad de leerlos. Así fue como la novela "Los Quitilipis", de Carlota Marval, llegó a mis manos, sin que pudiera recordar el momento exacto en que entró a mi vida. Sin embargo, una vez que comencé a sumergirme en sus páginas, entendí por qué esta obra merece ser leída.

Soy chaqueño, quitilipense; quizás por eso el título me resultó seductor; quizás por eso la tapa de esa novela cautivó ciertas fibras neurales o cordiales que tensaron la atracción.

Carlota Marval, nacida en Buenos Aires, no tuvo su primer contacto con el arte a través de la literatura. Estudió música y artes plásticas, lo que posiblemente explique su sentido poético y el especial colorido con que describe la naturaleza. Posteriormente, realizó estudios de literatura creativa con la escritora Inés Malinow. En 1970, al ganar el Primer Premio de Poesía de la Fundación Isidoro Ricardo Steinberg, debutó con su primer libro de poemas, "La Niebla Encendida".

En 1973, Marval publica, con el auspicio del Fondo Nacional de las Artes, la primera edición de su novela "Los Quitilipis". También ese año aparece su cuento "El Cuadro de las Palomas" en una antología de varios autores. En 1974 da a conocer un volumen de literatura juvenil titulado "La Casa de Madre Señora".

Tras residir en Europa durante tres años y medio, donde realizó un ciclo de literatura hispano-americana para la radio y televisión española, Marval regresa a Argentina. En 1978, escribe un ensayo sobre Juan Draghi Lucero y publica una segunda edición revisada y ampliada de "Los Quitilipis", de la Editorial Plus Ultra.

En 1981, Marval publica "El país de los cielos mojados", una obra que complementa y enriquece su universo literario. En esta novela, Marval sigue cautivando a sus lectores con su prosa envolvente y su habilidad para mezclar lo ilusorio con lo cotidiano.

Pero, ¿quiénes son "Los Quitilipis"? Marval, hermana a los personajes con los ñacurutúes chaqueños, pájaros que abundan en el Norte Argentino y cuyo ulular suena en los montes impenetrables. En su novela, los protagonistas son como pájaros tratando de volar lejos, pero sin poder desprenderse de su particular idiosincrasia.

“Hay lágrimas de ocho días de lluvia por siete cuerdas de guitara. Y Jacinto recién comprendió. El sol se había quedado en Quitilipi.”

Como “los quitilipis” de su novela, Carlota Marval también abandona su tierra natal y su primer amor, la poesía, durante un tiempo. En esta segunda edición de su novela, regresa a su origen poético, asomándose una vez más en su prosa.

-Soy del Chaco.

-¿Es lindo allí?

-Claro. Y es lejos.

-¿Iremos alguna vez? Sería tan lindo.

-¡Ya estamos! Juguemos a ir, Marisa.

-Bueno, ¿dónde estamos?

-En Quitilipi.

-¿Qué es eso?

-Un pájaro.

-¿Es tu pueblo un pájaro?

-Sí, es de plumaje oscuro, ojos redondos. Le oigo cantar entre la arboleda, por la noche. ¿Escuchas? Dicen que trae buena suerte.

-¡Quiero oírlo!

-Allá va... entre los palmerales! En Pampa Verde, por los sauces enredados de chaparrones del Aguará y El Zanjón. Pasando los obrajes, cuando el cielo se oscurece en La Florida. Canta el quitilipi. Y su cantar se destrenza en las cañas, en la luz de los pomelos y alhelíes...

-¿Pero dónde estamos ahora?

-Donde quieras estar, Marisa.

-No sé, es muy grande.

-Si Quitilipi cabe dentro de una guitarra.

-Lo suficiente como para ser feliz. Pero no podemos verlo todo en un día.

La novela es realista, con saltos temporales, y sus protagonistas están desterrados de sus sentimientos y su terruño.

Esta novela tiene un lugar reservado en mi biblioteca, en un rincón de los estantes de mi corazón, donde los recuerdos son un presente cotidiano.

Tengo muchas preguntas sobre su autora y su peculiar relación con mi ciudad natal; pero esos interrogantes agigantan la magia de esta novela imperdible.

"Los Quitilipis" de Carlota Marval, no solo encierra una historia cautivadora y llena de encanto, sino que también deja una huella profunda en el lector, recordándonos la importancia de los lazos que nos unen a quienes amamos. Una obra que, sin duda, merece ser leída y atesorada.


METANOIA

 


METANOIA

Durante siglos el arrepentimiento ha sido entendido como culpa, tristeza o remordimiento por los pecados. Muchas veces se lo ha reducido a un esfuerzo moral: cambiar la conducta para que Dios nos acepte. Sin embargo, el mensaje de Jesús revela una realidad mucho más profunda.

La palabra que aparece en el Nuevo Testamento es **μετάνοια (metanoia)**. Este término proviene de dos palabras griegas: **μετά (meta)**, que indica cambio o transformación, y **νοῦς (nous)**, que significa mente, entendimiento o forma de percibir la realidad. En su sentido más literal, **metanoia significa cambio de mente**, una transformación interior del pensamiento y de la comprensión espiritual.

No se trata simplemente de sentir dolor por los errores ni de prometer que nunca más se volverá a fallar. Metanoia describe un giro profundo del entendimiento: abandonar una forma antigua de pensar y adoptar una nueva manera de comprender a Dios, la gracia y la salvación.

Este llamado aparece desde el comienzo del ministerio de Jesús de Nazaret. En el Evangelio de Mateo se registra su proclamación inicial:

> **Μετανοεῖτε· ἤγγικεν γὰρ ἡ βασιλεία τῶν οὐρανῶν.**
> *Metanoeite; ēngiken gar hē basileia tōn ouranōn.*
>
> “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”
> (Mateo 4:17)

La misma proclamación aparece al inicio del Evangelio de Marcos:

> **Μετανοεῖτε καὶ πιστεύετε ἐν τῷ εὐαγγελίῳ.**
> *Metanoeite kai pisteuete en tō euangeliō.*
>
> “Arrepentíos y creed en el evangelio.”
> (Marcos 1:15)

Aquí el llamado de Jesús une dos realidades inseparables: **metanoia y fe**. Cambiar la mente y creer en la buena noticia.

En el Evangelio de Lucas, el llamado aparece repetidamente como una invitación urgente a la transformación interior. Jesús declara:

> **οὐχί, λέγω ὑμῖν· ἀλλ’ ἐὰν μὴ μετανοῆτε, πάντες ὁμοίως ἀπολεῖσθε.**
>
> “No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.”
> (Lucas 13:3)

Después de la resurrección, el mismo evangelio afirma que este mensaje debía anunciarse a todas las naciones:

> **κηρυχθῆναι… μετάνοιαν εἰς ἄφεσιν ἁμαρτιῶν.**
>
> “que se predicase en su nombre el arrepentimiento para perdón de pecados.”
> (Lucas 24:47)

Aunque el término metanoia no aparece de la misma manera en el Evangelio de Juan, su mensaje apunta a la misma realidad espiritual: abandonar la incredulidad y creer en el Hijo de Dios para recibir vida.

Los escritos del apóstol Pablo de Tarso profundizan aún más este significado. En la Carta a los Romanos se afirma:

> **τὸ χρηστὸν τοῦ θεοῦ εἰς μετάνοιαν σε ἄγει.**
>
> “La bondad de Dios te guía al arrepentimiento.”
> (Romanos 2:4)

Aquí aparece una verdad notable: no es el miedo ni la condena lo que produce la metanoia, sino **la bondad de Dios**.

Más adelante, en la Segunda carta a los Corintios, Pablo distingue entre dos tipos de tristeza:

> **ἡ γὰρ κατὰ θεὸν λύπη μετάνοιαν εἰς σωτηρίαν ἀμεταμέλητον κατεργάζεται.**
>
> “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación.”
> (2 Corintios 7:10)

En este contexto, la metanoia aparece como una transformación interior que conduce a la vida.

Así, el llamado del evangelio no es simplemente a mejorar la conducta. El mensaje de Jesús no dice: **cambia para que Dios te acepte**. El evangelio anuncia algo mucho más profundo: **cree que Dios ha actuado en Cristo**.

La metanoia comienza cuando el ser humano abandona la ilusión de justificarse por sus propias obras y descubre que la justicia verdadera proviene de Dios.

Cuando la mente cambia, el corazón comienza a despertar.
Y cuando el corazón despierta, la vida empieza a transformarse.

El cambio moral deja de ser el fundamento de la salvación y se convierte en su fruto.

Por eso, en su sentido más profundo, **metanoia es el abandono de la autojustificación y el descanso en la gracia**. Es reconocer que Cristo ha hecho lo que nosotros no podíamos hacer.

Entonces el arrepentimiento deja de ser una carga y se convierte en libertad.

Porque **metanoia es, finalmente, un nuevo nacimiento en la Gracia de Dios**.

El Matrimonio Cristiano: Sexualidad, Responsabilidad y Contención.

 



El Matrimonio Cristiano: Sexualidad, responsabilidad y contención.

 

 1. ¿Por qué casarse? Una respuesta directa, según Pablo.

En su primera carta a los Corintios, el apóstol Pablo aborda una de las cuestiones más prácticas y humanas del matrimonio: la contención del deseo sexual. En 1 Corintios 7:8-9, escribe:

“Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo; pero si no tienen don de continencia, cásense; pues mejor es casarse que estarse quemando”.

Este pasaje es de una franqueza pastoral admirable. Pablo no disfraza ni idealiza el motivo: el casarse, para quienes no tienen el don de la continencia sexual, es una forma legítima, santa y práctica de canalizar el deseo sexual. En otras palabras, el matrimonio, entre otras funciones, sirve para ordenar el impulso sexual dentro del marco de un pacto que protege a ambos cónyuges.

Aquí no se promueve una visión meramente carnal del matrimonio, sino una comprensión realista de la condición humana: la mayoría de las personas no han sido llamadas al celibato, y por tanto, el deseo sexual no debe reprimirse ni desordenarse, sino santificarse dentro del matrimonio. En este sentido, casarse es una consecuencia directa y necesaria de la sexualidad.

Desde una perspectiva filosófica y teológica, esto es coherente con la visión hebrea del ser humano como unidad integrada de cuerpo, alma y espíritu. El cristianismo bíblico no desprecia el cuerpo ni los impulsos, sino que los ordena. Por eso, Pablo no reprime el deseo: lo redirige hacia un camino santo.

 

2. Las obligaciones maritales: reciprocidad y entrega.

A continuación, Pablo aborda las obligaciones maritales, y lo hace en términos de igualdad y mutualidad sorprendentes para la cultura patriarcal del siglo I. En 1 Corintios 7:3-4 leemos:

“El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer”.

Aquí se establece una ética de entrega mutua: el cuerpo de cada uno pertenece también al otro, no como propiedad, sino como don compartido. Esto implica disponibilidad, afecto, atención y servicio. No hay lugar para el egoísmo ni para el uso unilateral del otro.

Desde la psicología con enfoque relacional, esto se traduce en el principio de reciprocidad emocional y sexual. El amor conyugal requiere de ambos la disposición a satisfacer necesidades físicas, emocionales y espirituales, dentro de un marco de amor y cuidado.

La sociología familiar también reconoce que los matrimonios más estables son aquellos en los que hay corresponsabilidad afectiva y sexual, donde ambos se sienten escuchados, deseados y valorados. La entrega física sin vínculo emocional se vuelve vacía, y la conexión emocional sin expresión física, insuficiente.

 

3. Contención emocional y contención sexual: una diferencia clave.

Aunque ambos cónyuges necesitan amor, compañía, afecto y deseo, existen diferencias marcadas entre las necesidades predominantes del varón y la mujer. No se trata de estereotipos rígidos, sino de tendencias ampliamente observadas, tanto en la Biblia como en la ciencia psicológica.

La mujer como vaso más frágil y su necesidad emocional

1 Pedro 3:7 dice:

“Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”.

El término “vaso más frágil” no alude a debilidad moral ni intelectual, sino a mayor sensibilidad emocional, y también al rol histórico de vulnerabilidad social. Esto implica que el esposo debe cultivar con ella una relación empática, cuidadosa y atenta, brindándole contención emocional: validación, escucha, afecto constante, comunicación abierta y cobertura espiritual.

Desde la psicología afectiva, se ha comprobado que las mujeres tienden a experimentar mayor intensidad emocional, y dan prioridad al vínculo emocional sobre la expresión sexual directa. Una mujer que se siente ignorada, herida o no valorada emocionalmente suele retraerse también sexualmente.

El varón y su necesidad de contención sexual.

Por otro lado, la necesidad predominante del hombre en la relación suele estar en el área sexual. Esto no implica que los hombres no necesiten afecto —sí lo necesitan—, pero tienden a experimentar la intimidad emocional a través de la intimidad sexual. En muchos casos, para el hombre, el acto sexual es la forma principal en que se siente amado y aceptado.

Esto está en consonancia con lo que Pablo afirma:

“No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento…” (1 Corintios 7:5)

Negarse repetidamente, o usar la sexualidad como moneda de castigo o recompensa, debilita el vínculo y puede abrir puertas a la tentación.

Desde la psicología de pareja, esto también está verificado: la frustración sexual no solo genera distancia, sino que impacta la autoestima, el vínculo emocional y la fidelidad. El varón necesita la respuesta activa de su esposa, tanto como ella necesita su escucha emocional.

 

4. Amor sacrificial y comprensión mutua

La Biblia no establece una lógica de poder, sino de servicio mutuo. El esposo debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia (Efesios 5:25), y eso incluye sacrificarse por ella, comprender su mundo interior y cuidar su corazón. La esposa, por su parte, es llamada a respetar a su marido (Efesios 5:33), lo que incluye reconocer su necesidad sexual y afirmar su masculinidad.

Cuando estas necesidades son entendidas y satisfechas de forma equilibrada, el matrimonio se transforma en un refugio. Cuando se ignoran o se manipulan, el vínculo se resiente.

 

5. Integración y llamado

El matrimonio cristiano es un lugar de contención integral: emocional, sexual, espiritual y afectiva. Dios nos creó con deseos y emociones, y el matrimonio es el espacio santo donde estos pueden desplegarse con libertad, amor y responsabilidad. Reconocer nuestras diferencias no es ceder al egoísmo, sino servir con sabiduría y gracia al otro según su necesidad real.

“Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”. (Marcos 10:9)

Referencias

Referencias Bíblicas

• 1 Corintios 7:1-9, 1 Pedro 3:7, Efesios 5:22-33, Hebreos 13:4, Génesis 2:18-24, Eclesiastés 4:12, Marcos 10:9

Referencias Psicológicas.

• Gary Chapman – Los cinco lenguajes del amor
• Willard Harley – Sus necesidades, las necesidades de ella
• John Gottman – Investigación empírica sobre matrimonio
• David Schnarch – Passionate Marriage

Referencias Sociológicas.

• Estudios Pew Research, Universidad de Chicago, AAMFT sobre matrimonio, intimidad y estabilidad

Referencias Filosóficas (cristianas)

• Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Dietrich Bonhoeffer

Mi cuerpo de muerte


                                                               Mi cuerpo de muerte

El Imperio romano no solo fue conocido por su poder militar y su legado cultural, sino también por la crueldad refinada de su sistema de justicia. Uno de los castigos más brutales fue la Poena cullei, del latín “pena del saco”, reservado para quienes cometían parricidio. Al culpable se lo introducía dentro de un gran saco de cuero junto a animales salvajes —generalmente un perro, una serpiente, un gallo y un mono— y luego se cosía el saco completamente, sellándolo. Una vez cerrado, era arrojado al agua para que el reo muriera ahogado, aplastado y destrozado por la desesperación y el frenesí de las bestias. Este castigo no buscaba únicamente eliminar al culpable, sino convertir su muerte en un espectáculo de humillación y horror, una advertencia pública sobre la gravedad del crimen cometido.

Pero había castigos aún más personales y horrendos. Durante el período imperial, el soldado romano era considerado propiedad del Estado. Su vida estaba al servicio del imperio: recibía una paga generosa, atención médica oficial y, al cumplir veinticinco años de servicio, obtenía una parcela de tierra para su retiro. Incluso después de retirado, el Estado le seguía pagando mensualmente hasta su muerte. Al morir, el imperio se ocupaba de todos los gastos funerarios. Era un pacto de fidelidad absoluta entre el Estado y el soldado.

Por eso, si alguien asesinaba a un soldado en tiempo de paz, el Estado respondía con una venganza ejemplar y despiadada. El asesino era despojado de sus ropas y atado desnudo al cadáver del soldado. Usaban gruesos alambres que se incrustaban en la carne viva hasta el hueso, uniendo ambos cuerpos: mano con mano, rostro con rostro, pecho con pecho. Los colocaban en una fosa abierta, donde el criminal debía soportar el hedor de la descomposición, el ataque de los insectos, la humedad, el calor, la repulsión. Moría lentamente por infección, sed, delirio o desesperación. Algunos sobrevivían semanas en ese martirio. Solo tras su muerte, se cubrían ambos cuerpos con tierra. La muerte, en este caso, no era el castigo: era la liberación.

Esta imagen escalofriante parece resonar, de manera inquietante, en las palabras del apóstol Pablo cuando escribe: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24).

Aunque no podemos afirmar con certeza que Pablo se refiera explícitamente a este castigo, no es improbable que estuviera familiarizado con él. Su metáfora cobra una fuerza especial si entendemos el trasfondo: Pablo se describe a sí mismo como alguien atado a una corrupción que no puede arrancarse, alguien forzado a cargar con una muerte que lo destruye lentamente.

En Romanos capítulo 7, el apóstol expone la lucha interior del ser humano: desea hacer el bien, pero el pecado que habita en él lo empuja a hacer el mal. Es un conflicto entre la voluntad regenerada y la carne caída. Pablo no habla solo desde una perspectiva doctrinal, sino existencial: sufre bajo el peso de una naturaleza que lo arrastra. Como el reo atado a un cadáver, su alma desea liberarse, pero está condenada a una unión que corrompe.

Sin embargo, no se queda en la desesperación. Su grito no es un callejón sin salida, sino una antesala a la esperanza:

“Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:25).
Y en el capítulo siguiente lo declara con toda claridad:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

Solo Cristo puede separar al pecador del cadáver del pecado. Solo Cristo puede romper los lazos de alambre que nos unen al viejo hombre. En la cruz, Él tomó nuestro lugar. Se hizo pecado por nosotros, para que podamos vivir por el Espíritu. Ya no arrastramos un cuerpo de muerte; ahora somos templos vivos del Espíritu de Dios.

La redención en Cristo no es un barniz moral ni una mejora superficial. Es un corte definitivo. Es la resurrección de una vida que estaba perdida, atada, infectada. Es el milagro de que alguien entre en nuestra tumba para que nosotros podamos salir.

 

¿Vivís todavía atado a un cuerpo que ya no tiene vida?
En Cristo hay una sola respuesta: libertad.
El grito de Pablo puede ser el tuyo… pero también su redención.

“El hombre muerto” de Horacio Quiroga

 “El hombre muerto” de Horacio Quiroga


Este cuento me ha impresionado desde mi juventud. Hay algo en su brevedad silente, en su economía de palabras y en su estructura minuciosa que siempre logra atraparme. El hombre muerto tiene una mecánica narrativa insospechada: parece no avanzar, pero en realidad nos arrastra con la fuerza oculta de lo inevitable. Su tensión no proviene del dramatismo explícito, sino del ritmo constante, casi hipnótico, con el que nos sumerge en la última jornada del protagonista. Siempre lo he comparado —aunque desde una estética diferente— con Crónica de una muerte anunciada de García Márquez: allí, el lector conoce desde el inicio el destino trágico, pero lo ve cumplirse con resignación; en cambio, en Quiroga, aunque el título anuncia la muerte desde el principio, la narración mantiene una expectativa tensa, como si algo pudiera aún interrumpir ese destino. El lector acompaña cada pensamiento del personaje con la ilusión de que quizá sobreviva, de que la herida del machete no haya sido tan profunda. Esa esperanza se prolonga hasta el último suspiro. La muerte llega sin ceremonia, y su aparente demora solo incrementa la angustia. Esa tensión, esa expectativa quebrada, es lo que hace de este cuento una pieza inolvidable. ¿Acaso no es así también la muerte para muchos? Se vive como si nunca fuera a llegar… hasta que llega.

Lo que sorprende en la narración es la ausencia de dramatismo: el personaje no clama, no protesta, no se desespera. Solo contempla, desde una perspectiva casi ajena, cómo la vida continúa a su alrededor mientras él se detiene para siempre.

Esta quietud forzada nos recuerda que “el hombre no tiene potestad sobre el día de su muerte” (Eclesiastés 8:8). Por más previsores, fuertes o experimentados que seamos, somos criaturas frágiles. Una caída, una herida, un segundo… y todo lo construido se detiene.

Quiroga no propone una interpretación espiritual, pero nosotros, desde la fe, no podemos evitar hacernos la pregunta esencial: ¿y si hoy fuera el último día? ¿Dónde está nuestra esperanza? Pablo escribe: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Este versículo solo tiene sentido para quien ha rendido su vida al Señor. Para el que no ha nacido de nuevo, la muerte es una interrupción brutal, una incertidumbre oscura.

Desde una perspectiva filosófica, Immanuel Kant afirmaba que el valor moral del ser humano no reside en las consecuencias de sus actos, sino en la intención recta que responde al deber como expresión de la ley moral interior. En este sentido, la muerte del personaje de Quiroga puede interpretarse como la clausura de una vida absorbida por la costumbre, pero sin referencia a una ley superior. Kant nos invitaría a preguntarnos: ¿vivimos como fines en nosotros mismos, conforme a una razón moral, o simplemente como medios de supervivencia? La ética autónoma kantiana exige algo más que rutina: exige dignidad. Pero desde la fe, sabemos que la verdadera dignidad se halla no solo en actuar bien, sino en ser redimidos por Cristo, quien nos da una conciencia renovada.

El relato también sugiere una cierta indiferencia del mundo ante la muerte individual. Nadie se detiene. Nadie sabe que ese hombre yace ahí. Y sin embargo, para Dios ninguna vida es invisible. “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios” (Lucas 12:6). En Cristo, cada alma tiene un valor eterno.

El hombre muerto también nos hace pensar en el valor del tiempo. Ese hombre había recorrido su camino muchas veces. El sendero era suyo, hecho con su esfuerzo. Pero ni su historia ni su trabajo pudieron impedir su destino. Isaías escribe: “Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento del Señor sopla sobre ella” (Isaías 40:6-7). La única permanencia real está en Dios.

¿Y si ese hombre hubiera conocido a Cristo? ¿Y si en su último instante hubiera levantado su mirada al cielo, no como quien observa el paso de las nubes, sino como quien confía en un Redentor vivo?

Al cerrar el cuento, lo que queda es silencio. Pero el cristiano no teme ese silencio si ha sido reconciliado con Dios. Porque incluso en la muerte, tenemos promesa: “Y oí una voz del cielo que decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor” (Apocalipsis 14:13).

La historia de Quiroga es, quizás, una parábola involuntaria. El machete puede caerle a cualquiera. Pero el evangelio nos ofrece una verdad poderosa: la muerte no es el final, y para los cristianos, es el principio de una vida eterna en Cristo Jesús.

"Los motivos que tuvo un judío para convertirse a la religión cristiana". Decamerón de Giovanni Boccaccio

 


Una fe que sobrevive a todo: Lecciones de un cuento medieval sobre la verdad del Evangelio.


"Lo que la historia de un judío en el Decamerón de Boccaccio nos dice sobre el poder del Evangelio, aún en medio de la corrupción religiosa."


En medio de una colección de cuentos escrita en el siglo XIV, mucho antes de la Reforma Protestante, encontramos una historia que, curiosamente, nos habla hoy con mucha fuerza. El autor es Giovanni Boccaccio, un escritor italiano que reunió en su Decamerón cien relatos de todo tipo. Uno de ellos se titula Los motivos que tuvo un judío para convertirse a la religión cristiana. Aunque Boccaccio vivía en una Europa profundamente católica y escribía desde esa visión, el corazón de este cuento toca un punto clave para nuestra fe: ¿por qué alguien decide seguir a Cristo?
En el relato, un comerciante cristiano quiere convencer a su amigo judío de que se convierta al cristianismo. Le propone que vaya a Roma y vea por sí mismo cómo vive el clero. El plan parecía arriesgado: lo más probable era que la corrupción que allí se viera alejara al judío para siempre. Pero pasó lo contrario. Al ver el estado de la Iglesia y, sin embargo, constatar que el cristianismo seguía vivo, el judío concluye: “Si esta religión sigue adelante a pesar de quienes la representan tan mal… ¡debe ser verdadera!”.
¿Qué nos dice esto desde una mirada evangélica?
Que no es la perfección humana la que convence a las personas, sino el poder del Evangelio. Tal como dijo Pablo:
“No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).
A veces nos preocupa que el mal testimonio de algunos pueda alejar a los que están buscando a Dios. Y es cierto: debemos vivir con integridad. Pero también es cierto que el poder de Dios va mucho más allá de nuestras debilidades. Pablo lo expresó así:
“Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Corintios 4:7).
El judío del cuento de Boccaccio no se convirtió por ver a una Iglesia perfecta. Se convirtió porque, más allá de la corrupción, vio que la fe cristiana tenía una fuerza que no venía de los hombres. Eso debería animarnos. No a vivir como queremos, sino a confiar en que el Espíritu Santo sigue obrando.
Como Jesús dijo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).
Esta historia, aunque escrita siglos antes del despertar bíblico de la Reforma, nos recuerda algo fundamental: la verdad de Cristo no necesita ser adornada. Solo necesita ser anunciada con fidelidad. Porque cuando alguien busca sinceramente, el Espíritu Santo se encarga de abrir los ojos.

Dante Emilio Borelli

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